lunes, 29 de julio de 2013

He ido subiendo la ladera tan despacio como las prisas me lo han permitido. He llegado cansado pues esa era la finalidad última. Si bien una vez sentado sobre la hierba empezaron a menudear otros motivos invisibles.
En primer lugar diré que la vista es hermosa. A lo lejos un mar, en el mar varios barcos que rompen la línea imprecisa del horizonte. No son barcos dignos de una lograda acuarela : supongo que serán mercantes sucios que apenas si se consideran parte del panorama, por la desdeñosa actitud que ofrecen ante mis ojos. Pero yo sigo en la breve colina a la que he ascendido con - pienso - digno esfuerzo para hacerme olvidar la monotonía de la empresa.
¿ Cuantas veces habré recorrido sus acaso trescientos metros hasta alcanzar la cima, si es prudente denominar de este modo una elevación tan insignificante ?.
Y sin embargo, a pesar de su escasa altitud, es sorprendente como se amplía la visión de un paisaje tantas veces contemplado.
Busco argumentos que me hagan comprender el por qué de esta adorable sensación y empiezo a enumerar causas principales. Pero es cansado listar pensamientos mientras uno puede gozar de un pequeño placer de verano.
La orilla se dibuja con regular trazado en la calma vespertina de las aguas. Desde aquí parece detenida, brindando la posibilidad de sugerirme que estoy ante una foto fija. Yo en el mirador de mis ojos lanzo la instantánea y la imagen grabada para deleite de mis sucesivas emociones la decido archivar en algún álbum de esos que pueblan la memoria.
No fumo y no puedo alcanzar la comprensión de una pausa cuyo máximo contenido es la inhalación del humo. Pero si puedo deciros que la colina es pequeña, que yo soy diminuto, que la mar infinita desconoce sus proporciones y en su superficie flotan dos trozos de humanidad que desdoran su inigualable belleza.
Cuando toque descender ya serán otros los quehaceres de mi mente. Supongo que de similar arquitectura pues en el fondo de todo esto lo que realmente importa es que soy capaz todavía del asombro y que cada vez que corono esta colina mi corazón exaltado solicita de mi persona un poco de alimento que recompense su desatado brío.
. Por eso disfruto del paisaje como si fuera la primera vez en esta quizá última ocasión que tenga de comprobarlo. Quién sabe qué otro día me devolverá a su cima y si seguiré siendo el mismo espectador de hoy.


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